Soltera a los 40 – Compartimos historias de singles











{05/08/2014}   ANGEL DEMONIO

Me tiraste 10 cardos, y una rosa.

Esa valió por todo lo demás.

Del odio al amor hay un puente corto, de maderas movedizas.

¡Cuanto daría yo por ser otra; cuanto daría por olvidarme de mí en tus brazos!

Brazos que acarician, brazos que ahorcan.

Me despido con un mordisco, y una espina en el lugar que antes te besé con ardor.

Mi amor; te odio hasta el éxtasis…

 

Por Sun

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AnhelosDescubrió una mañana que sus deseos no se habían cumplido en absoluto. Veía el desierto frente a sus ojos, no el mar azul ni el cielo sin nubes que le prometieron.
Su corazón vacío le inspiraba solamente lástima.
Hubiera echado atrás años de sinsentido y desplantes, hubiera construido un rincón donde albergar el despecho y encarcelarlo lejos. Hubiera imaginado un futuro palacio de cristal cálido donde la decepción no encuentra nunca cabida.
El mundo es un mándala, lo sabe, no obstante la realidad de espejos agrandados podría ser más acorde a una felicidad inventada. ¿Dónde están ahora tus sueños y tus deseos?
Esos que te llevan a añorar el campo vecino, los abrazos robados, los besos espiados.
Sin anhelos no hay sufrimiento dijo un sabio.

 

                                            Por Virginia Wolf

 



{03/11/2013}   Sus Ojos Negros

ojos negrosSus ojos negros ardían; precursores de sus manos, calentaban aquellas parcelas de mi piel, que luego sus labios quemaban, en su lenta invasión con lengua de fuego, y dedos en llamas, por todo el territorio que se extiende desde las raíces d…e mi pelo, al final de mi cuello; justo allí, donde el miedo palpitaba con la ferocidad del deseo y el gozo, pude sentir su respiración profunda, engullendo todo mi aroma en una sola bocanada de aire caliente, como si su boca fuese una planta carnívora, que estuviera devorando mi esencia toda, dejándome a cambio la marca caliente de su aliento y su olor, cómo única seña de identidad…
Supe desde ese instante, que sería inútil aventurarme a entrar más hondo de la superficie de aquel cuerpo inflamado, para morir abrasada en el intento suicida de llegar a un corazón, que sin duda, en su lugar, sólo encontraría, unos pedazos de piedra rotos, que los latidos del mío, habían convertido en trozos de carbón encendido… Y decidí blindarlo para él…

Había hecho suyo el Templo de mi cuerpo y sus deseos más carnales… Pero puse a salvo esa pequeña vela roja, donde flamea desafiante y victorioso todavía, el espíritu de lo sagrado del amor propio de una mujer.

 

Por Isa



beso

A menudo son los labios con más urgencia por besar, los primeros en perder el interés.

Siempre estuve convencida, que no es mejor amante quién más tiempo aguanta en la cama, ni quien más placer te proporciona en el coito, ó más veces te dice te querré toda la vida… sino quien tiene la suficiente potencia en el corazón, como para hacerte el amor constantemente fuera de ellas, y que te sientas deseada, amada y valorada con pequeños detalles a lo largo del día, muchos días… Por eso nunca esperé mucho de aquellos que hablaban y prometían demasiado… Porque me parece preferible llevarse luego un sorpresa, que una decepción…

 

 

Por Jugue.



mascarasMuy señores míos… Queridísimos y amantísimos señores míos: Me dirijo a ustedes para preguntarles con fervoroso interés, si han amado alguna vez, sin vuestra máscara del zorro a una mujer; sin reservas; sin medida; sin defensa; sin espíritu de conquista, sin estrategia, sin comparación, sin pensar, sin catalogarla ni como amiga, ni enemiga, ni amante, ni esposa, ni fulana, ni nada más que como mujer…

Si alguna vez se dedicaron simplemente a cabalgar sobre las dunas de arena de las playas de su piel, en toda su extensión; a recorrerla toda, despaciosa y lentamente, para conocerla, gozarla y amarla… Simplemente amarla, como es imposible no amar a la mujer, cuando resurge encendida, como un ave fénix, envuelta en el fuego de las caricias de un hombre, cuando la llega a conocer de verdad y a amarla en el más amplio y profundo sentido del verbo en activo presente de amar… Dejenme…

Permítanme decirles, desde el más hondo deseo que obtengan las victorias más gloriosas en la toma de alguna de esas playas infinitas, sin necesidad que se pongan en guardia, que se requiere de gran valor, y hombría; pero que, para que un hombre pueda amar a una mujer realmente, es necesario despojarse de sus máscaras, antes de quitarle a ella la ropa; sólo así podrá contemplarla diáfana y clara, sin que quede ni un ángulo oculto a la mirada; respirarla y saborearla, hasta sentirla correr por su sangre, y conocerla íntegra y plenamente, como parte de su propio ser, y sintiéndose vulnerable e indefenso, dejarse ver y poseer por ella, hasta entender cuánto necesita ser acariciada, cada pensamiento, cada sueño, cada mirada, cada palabra, y cada contradicción; y recibir, a cambio, entonces en cada uno de sus besos, y cada caricia de sus manos, todo el poder y la magia necesaria para dar satisfacción a sus deseos todos, más íntimos y secretos, y el infinito placer de sentirse amado y dueño absoluto del pensamiento, el cuerpo y el alma de una mujer, sin dudas ni miedos a que nadie más pueda arrebatártela, ni poseerla como tú, jamás …

¿Habéis amado así, sin la máscara del zorro, alguna vez a una mujer? Entonces no conocéis el placer de ser amados, como una mujer es capaz de amar cuando descubre al hombre, que la mira con deseo, detrás de un antifaz de héroe invencible en la guerra, la conquista y el amor…. Una guerrera de la Luz, sabe bien cuándo el invasor se entrega a sitiarla con el honorable propósito de edificar en ella su hogar, y extiende y abre sus brazos, como un puente levadizo que bajara desde el cielo, para recibirle con todos los honores, y concederle el descanso y la gloria, tras el difícil triunfo que supone para un hombre, rendirse al amor, y, simplemente… Amarla… Se despide de ustedes, esta ave fénix, que les aguarda entre sus cenizas, con el vivo deseo de poder resurgir un día, envuelta en las llamas calientes de sus amantes caricias de zorros enamorados

Bryan Adams – Have You Ever Really Loved A Woman?

 

Por Jugue, Comentario del Post “Tipos de Seductores

 



{09/12/2012}   Abrazos Partidos

abrazos partidosCarmen lo abrazó con ternura en el andén. Él iría a ver al fotógrafo, ella a la última prueba del vestido, pero tenían que ir en dirección opuesta. Se besaron rápido en los labios. ¡Quedaban tantas cosas por hacer aún! Ilusionada, subió las escaleras de la estación mientras él se apeaba al tren de cercanías. Carmen se puso los cascos, no oyó nada.
Era una mañana de marzo del 2004 en Madrid.

Por Virginia Woolf



{07/11/2012}   El Color de las Rosas

las rosas son rojas no serán blancas ni amarillas ni rosadas ni azules mucho menos fueron ni serán negras ¿de qué color es el fuego? ¿los labios del amado? ¿sus ojos cuando le enfadas? no existen los intermedios no pueden existir las medias tintas no permitas que te hagan creer pensar lo contrario la hipocresía es una cortina de humo que droga el entendimiento emborracha el corazón desamparado de quien es manipulado por la gris garra de la mentira embaucadora falaz.

las rosas fueron, son y serán rojas.

 

Por Virginia Woolf



Cuando la oscuridad se hace noche,
ni los grillos cantan ni los pájaros trinan.
El silencio no es suficiente para llenar el vacío,
en la soledad del corazón apagado y abandonado por el ser amado.
Ese ser odiado,
ese hombre inconstante y traicionero que habita en toda relación frustrada.

Cuando la noche no tiene luna,
ni estrellas, ni nada más…
Sólo queda el silencio del alma rota,
y el desamor de la decepción se hace eco insoportable.
Hueco, vacío, lleno de espanto.
Ni los pájaros cantan, donde sólo los buitres hacen su festín,
cuando la oscuridad se hace noche.

 

 

Por Virginia Woolf



Existe aún un miedo peor que al de la soledad, y es el miedo a la felicidad.
Encierra tu corazón en un triste rumor que poco a poco también se apodera de la turbada razón.
Con ruin madera nace el desdichado árbol, fantasma de sombras del que ama pero no se atreve a vivir, a soñar, a arriesgar.
¡Y se condena a sí mismo, a morir!

 

Por Virginia Woolf



et cetera
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